Cuando era pequeña tenía la clara convicción de que era adoptada. Imaginaba como debía ser mi familia biológica, donde vivirían y cuan desgraciados eran para renunciar a un hijo. Un día, muy angustiada por esa - para mi implacable - verdad, se lo pregunté a mi madre. Ella me miró divertida y me dijo que dejase de imaginar sandeces. Para mi fue una respuesta reveladora. Por aquél entonces ya era una buena consumidora cinematográfica y tuve la certeza que, como en las películas, lo decía tan solo para tranquilizarme.
A los diez años, la psicóloga me llamó a media clase. Para mi fue un alivio salir de las soporíferas conquistas napoleónicas, hasta que me plantó en un despacho de madera, demasiado viejo para el tipo de colegio donde iba, y se quedó mirándome fijamente. Empezó a pasarme imágenes de sombras, figuras geométricas y demás. Yo tenía que explicarle qué me sugerían. Lo hice hasta que pensé que quizás todo era una trampa. ¿De qué? No tenía ni idea, pero sabía que los adultos hacen cosas con fines ocultos que un niño jamás podría imaginar. Y comencé a inventar cosas inverosímiles, con toque macabro, a ver si la asustaba y dejaba de hacerme mirar estupideces. Como siempre me han encantado los cementerios, iglesias - de eso si tengo el porqué-, no me costó mucho esfuerzo.
Dos días después nos hicieron un paréntesis y dijeron que la clase sería de dibujo libre. Aparcamos el dibujo lineal - para nuestros diez años era algo insufrible - y nos plantamos ante un caballete de madera y un lienzo blanco. El profesor nos explicó que debíamos pintar aquello que quisiéramos y olvidarnos del mundo entero. Pinté un cementerio. Mi mejor dibujo. En serio, me esforcé mucho. El cielo crepúsculo, las tumbas medio agrietadas y algunas manos intentando salir a la superficie. Todo ello perfectamente coloreado y con efectos difuminados de azul, negro y verde. En algunos nichos y sepulcros puse inscripciones como RIP o INRI, aunque por aquél entonces creo que no sabía de su significado.Cuando se lo entregué, el profesor me miró con cara de perplejidad, para después ponerla de asco y, seguidamente, de susto. Me preguntó el motivo de aquel dibujo, a lo cual respondí que él nos lo había mandado. Me dijo que era muy feo dibujar este tipo de cosas y, acto seguido, me puntuó con una inmensa S - de suficiente - roja, y dijo que se lo guardaba él. Me enfadé tanto, tanto, tanto, que al final, estando yo al borde del llanto, me lo devolvió. Entonces supe que hay cosas que es mejor guardarse para uno, porqué los demás jamás querrán comprenderlas.
M'encantes :)
ResponderEliminarNomés tu saps adorar tant els cementiris i fer que els demés els adorin