"Luego, apenas un instante después de la metamorfosis, la acostumbrada sensación de estar portándome mal. Un frío húmedo, un desagradable chasquido, la piel erizada, acabo de salir de un baño templado, asquerosamente tibio, y los baldosines están helados, y no hay toalla, no puedo secarme, tengo que permanecer de pie encogida, frotándome todo el cuerpo con las manos, con las yema s sarmentosas, arrugadas como los garbanzos. Desvalimiento. Quiero regresar al útero materno, empaparme en ese líquido reconfortante, encogerme y dormir, dormir durante años. Siempre ha sido así, la misma repugnante premonición del arrepentimiento.
Nadie pregunta nada, porqué todo el mundo es nadie.
La autocompasión es una droga dura.
Por eso me fui.
Pero nunca había podido olvidar que antes, por lo menos, era feliz.
Alguien me había contado, hacía muchos años, y me había parecido un chiste muy malo, solamente duelen las treinta primeras hostias, pero es verdad, la pura verdad, solamente duelen las veinte, las treinta primeras hostias, luego ya todo da lo mismo".
Las edades de Lulú, Almudena Grandes
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