- ¿Cuál es tu poema favorito? -me preguntó mientras daba un largo y sonoro sorbo de su café de treinta céntimos de euro. Como a penas le conocía dudé algo mi respuesta.
- Pues... No sé, me gustan unos cuantos. - Liaba el piti con dificultad por el frío de noviembre. Siempre me ha pasado, cuando se me hielan las manos no puedo liar bien y un poco de drum termina caiéndoseme durante el proceso.
Y el chico siguió su teoría mientras yo estaba concentrada en el tabaco y él iba dando sorbos de su humeante café de ínfima calidad.
Y el chico siguió su teoría mientras yo estaba concentrada en el tabaco y él iba dando sorbos de su humeante café de ínfima calidad.
- Creo que todo el mundo debería saberse, al menos, un poema de memoria, su favorito... - Me recitó su poema favorito, aunque ya no recuerdo cual era.
Seguimos hablando de otras muchas cosas antes que el pequeño descanso entre clase y clase terminase y tuviéramos que volver a las aulas. Entonces no le di importancia a la conversación pero después pensé que quizás tenía razón, y aprendí mi poema preferido para, quien sabe, quizás recitárselo a alguien o sugerirle aprenderse el suyo.
Seguimos hablando de otras muchas cosas antes que el pequeño descanso entre clase y clase terminase y tuviéramos que volver a las aulas. Entonces no le di importancia a la conversación pero después pensé que quizás tenía razón, y aprendí mi poema preferido para, quien sabe, quizás recitárselo a alguien o sugerirle aprenderse el suyo.
El mio siempre ha sido una rima de Gustavo Adolfo Bécquer:
Asomaba a sus ojos una lágrima,
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿por qué callé aquél día?
Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?

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