¡Cabrón!Le escupió el insulto con ira al doctor Anguera y salió de la consulta dando un sonoro portazo, que dejó a la secretaria perpleja con el teléfono suspendido al aire. Salió a la calle y apenas notó que sus lágrimas saladas se fundían con la dulzura de la lluvia de junio. A penas notaba como el agua se llevaba lentamente el bochorno de la tarde gris y como, progresivamente, la camiseta se le pegaba en la piel. A penas notaba nada.
Caminó por las céntricas calles del Born dejándose llevar por la marea de paraguas que transitaban bajo la lluvia y se amontonaban delante de los escaparates. Cuando alcanzó las Ramblas en dirección el Port apenas podía arrastrar los tejanos, mojados como estaban pesaban al menos dos kilos más. Caminó hasta el borde empedrado que divide la ciudad del agua del mar y se quedó quieto. Por un instante sintió el deseo de tirarse, como siempre que se acercaba a un precipicio. Estaba cansado, muy cansado. Se sentó al borde del mar, sin parar de llorar. La lluvia tampoco parecía tener intención de ceder. Se sentía sucio, triste, pesado, cansado pero, sobre todo, enrabiado. Llevaba toda una vida tratando de descubrir el porqué de su fobia. No podía creer que aquella ridícula sesión de psicoanálisis que le habían regalado unos colegas por su cumpleaños hubiese descorchado toda la verdad. Tampoco entendía como su puto cerebro se había atrevido a esconder esa parte tan importante de su pasado. Era un antes y un después que él había eliminado de su historial interno des de la más temprana infancia y que, de repente, emergía ahora ante su nueva mirada adulta. Lo que más le había dolido, era recordarlo de nuevo con tanta nitidez…
Sentía sus manos finas encima de su cuerpo infantil y como le acariciaba extasiado el cuerpo. Él se resistía, puesto que le incomodaba la escena y era un niño más bien negado para las relaciones amistosas, los besos y todo lo demás. Pero le agarró el brazo con brusquedad y le advirtió que debía portarse bien y que los niños deben dejar que los adultos se ocupen de su cuerpo. Mientras hablaba le aplicaba lubricante por detrás. Pero él siguió resistiéndose al extraño ritual que ignoraba por completo hasta que, de repente y sin menor aviso, le pegó un fuerte y sonoro bofetón en la cara. Sus cinco años entendieron que aquello iba en serio y paró de moverse. Empezó a llorar en silencio y siguió llorando durante los cuarenta minutos que duró la violación. De espaldas a su monitor de natación contra las baldosas azules de la pared. La piscina estaba cerrada y él sólo había venido a recoger sus gafas de competición que, con las prisas, había olvidado al lado de un trampolín. Todo fue casual, rápido, horrible. Solo veía el reloj de la piscina cuando conseguía levantar la cabeza y como las agujas se movían al compás de su monitor, jactándose de su dolor con excesiva lentitud. Cuando hubo terminado apenas podía andar y sintió que un líquido extraño se mezclaba con su sangre. Le mandó a limpiarse con voz impasible y fue la última vez que se vieron. Dejó la natación y jamás llevó un reloj. Odiaba los relojes, les temía
La lluvia había cesado cuando se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo sentado al puerto. Tenía frío y le dolía todo el cuerpo. Se levantó despacio. Su aspecto debía de ser horrible por la forma en que lo miraban algunos transeúntes. Decidió coger el bus y, mientras se dirigía a la parada vio un top manta que desplegaba un enorme mantel repletísimo de relojes de todas las marcas. Por primera vez en su vida, no sintió pánico, ni ganas de vomitar, ni siquiera se alejó. Se quedó de pie delante del chico negro mirando los relojes, con una extraña sonrisa en la cara. Cogió uno de correa negra y con las ajugas verdes. Le alargó un billete de 20 euros al chico. Ni siquiera esperó la vuelta, distraído como estaba en ponerse el reloj en la muñeca por primera vez en su vida.
@bleenk, II tu ja saps...
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